Presbyterians Today

NOV-DEC 2018

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ENCOUNTERING GOD IN THE SILENCED | Magdalena I. García 8 NOVEMBER/DECEMBER 2018 | Pr e s by te r i a n s To d ay A mother's gift to her dying son Making room for selfless love El regalo de una madre a su hijo moribundo Hacer lugar para el amor abnegado B efore Pierre moved back in, Lucia had kept a perfect house, complete with white area rugs lining the hallways and crisp, imported linens that she ironed herself. She also baked and went out with friends. But now everything was in disarray. Furniture was moved to accommodate a hospital bed, and dirty laundry piled up because Pierre's bed needed to be changed daily. Lucia was now prisoner in her own home, caring for her adult son around the clock. I visited Lucia weekly for encouragement and assur- ance. Despite her exhaustion from long days and sleep- less nights, she insisted on making tea and bringing out the fine china. I felt a bit guilty for burdening a 90-year- old woman with more housework, but I soon realized that she loved to be a host and longed for companionship and conversation. As we sampled cookies, fruit and nuts, I praised her for practicing self-care by slowing down and reflecting on her life one sip of tea at a time. Lucia was acquainted with hardship. At 12, she lost her mother and became a parental figure for her younger siblings. With much effort and sacrifices on the part of her father and family, she became a teacher in her native Greece. She later pursued a graduate degree after coming to the United States. Lucia spoke with pride of her decades teaching immigrant children in an elemen- tary school on Chicago's north side, of how she watched them master a foreign language and how she encouraged them to pursue their dreams. Tea time, though, was often interrupted by Pierre yelling from his upstairs bedroom or banging a cane on the bathroom floor after another fall. Each time, I watched as Lucia patiently went to his bedside, never losing her temper, not even when he was uncoopera- tive. Her love for her youngest child who was dying from cancer was such that she not only made room in her house for these inconveniences — she made room in her heart. As we approach Advent and Christmas and contem- plate anew the birth of Jesus, may we also learn to make room in our homes and our hearts for all children who long for "good tidings of great joy." Magdalena I. García is a hospice chaplain for Vitas Healthcare in Chicago. La Rvda. Magdalena I. Garcia es capellana de hospicio para Vitas Healthcare, en Chicago. A ntes de que Pierre regresara, Lucía tenía la casa en perfecto estado, con alfombras blancas que cubrían los pasillos y manteles de hilo importado bien almidonados que ella misma planchaba. También horneaba panes y salía con sus amigas. Pero ahora todo estaba desordenado. Los muebles se habían movido para acomodar la cama de hospital y la ropa sucia se amontonaba porque había que cambiar la cama de Pierre a diario. Lucía estaba presa en su propia casa, cuidando de su hijo adulto a toda hora. Yo visitaba a Lucía semanalmente para impartirle aliento y confianza. A pesar de su agotamiento debido a días interminables y noches en vela, ella insistía en hacer té y servirlo en tazas de porcelana. Yo me sentía algo culpable por sobrecargar a una mujer de 90 años con más trabajo, pero luego me di cuenta que a ella le encantaba ser anfitriona y anhelaba la compañía y la conversación. A medida que saboreábamos galletas, frutas y nueces, la alabé por cuidar de sí misma al hacer una pausa para reflexionar sobre su vida mientras bebía sorbos de té. Lucía era una mujer familiarizada con la penuria. A los 12 años ella perdió a su madre y se convirtió en una figura maternal para sus hermanos menores. Con mucho esfuerzo y sacrificios por parte de su padre y su familia, se hizo maestra en su Grecia natal. Más tarde obtuvo un posgrado al venir a los Estados Unidos. Lucía hablaba con orgullo de las décadas en que enseñó a niños y niñas inmigrantes en una escuela primaria del norte de Chicago, de como los vio dominar una lengua extranjera y como los animó a perseguir sus sueños. Sin embargo, la hora del té a menudo era interrum- pida por los gritos de Pierre desde su dormitorio en la planta alta o los golpes del bastón en el piso del baño tras otra caída. Vez tras vez, vi como Lucía pacientemente acudía al lado de Pierre, sin perder jamás la calma, ni siquiera cuando él rehusaba cooperar. Su amor por su hijo menor que estaba muriendo de cáncer era tal que ella no solo hizo espacio en su casa para todas estas molestias, sino que hizo lugar en su corazón. Al acercarnos a Adviento y Navidad y contemplar nuevamente el nacimiento de Jesús, ojalá también aprendamos a hacer lugar en nuestros hogares y nuestros corazones para todas las criaturas que anhelan recibir «buenas nuevas de gran gozo».

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