Presbyterians Today

OCT 2018

Issue link: https://pt.epubxp.com/i/1028591

Contents of this Issue

Navigation

Page 9 of 43

ENCOUNTERING GOD IN THE SILENCED | Magdalena I. García OCTOBER Pr e s by te r i a n s To d ay A watchful sister — and a watchful God God's eye is on us all Una hermana vigilante — y un Dios vigilante El ojo de Dios está sobre todos nosotros y nosotras S he talked from the moment she opened the door, and hardly let you get a word in. But Francine was a loving, dedicated sister, someone who despite her advanced age, spent her retirement years juggling the care of multiple family members. And every day, rain or sunshine, she made it to her brother Derek's apartment to check on his status. Derek wasn't thrilled to have someone who talked like a parrot in the house day after day, but he was aware of his own decline. He refused the hospital bed that hospice offered him, but he needed help climbing in and out of his extra-high, king-size bed. He was reluctant to part with the dozens of fancy shoes lining the closet, even though he now wore only house slippers. The morning chirping was a small price to pay for the assistance he needed. Thanks to Francine, I learned lots of details about Derek's life: He was the youngest of more than a dozen children; he was a lover of jazz and art; and he was a quiet man who, despite his strong faith, was afraid to meet death alone. Francine had assured him that she would be at his side until the end. She was doing her best to keep that promise. Despite his wish to remain at home, Derek had to be transferred to the hospice inpatient unit due to complica- tions. His sister ƒew to his bedside, and lovingly contin- ued her daily twittering until his last breath. After Derek's death, I called Francine to offer condo- lences and to assess the need for grief support. She „lled me in on all the details of her brother's transition: the shortness of breath, the moments of agitation and the lack of response. And through it all she had held his hand and softly whispered, "I see you … I'm still here." Francine was still Francine, speaking in long, convo- luted sentences. But she was peaceful, giving thanks to God for the opportunity she had to remind her brother that God, whose eye is on the sparrow, was indeed watching over him. May we all live — and die — in such a way, knowing that God is watching over us. Magdalena I García is a hospice chaplain for Vitas Healthcare in Chicago E lla hablaba desde el momento en que abría la puerta, y apenas me permitía decir una palabra. Pero Francine era una hermana amorosa y dedicada, alguien que, a pesar de su edad avanzada, pasaba su jubilación haciendo malabares con el cuidado de varios familiares. Y cada día, con lluvia o con sol, visitaba el apartamento de su hermano Derek para comprobar su estado de salud. A Derek no le fascinaba tener en casa día tras día a alguien que hablaba como una cotorra, pero estaba consci- ente de su propio declive. Rechazó la cama de hospital que el hospicio le ofreció, pero necesitaba ayuda para subirse a su cama súper elevada y de tamaño king. Se mostraba renuente a deshacerse de las docenas de zapatos elegantes que recubrían el closet, a pesar de que ahora solo usaba pantuƒas. El chirrido mañanero era un precio bajo que pagar a cambio de la asistencia que necesitaba. Gracias a Francine, conocí muchos detalles de la vida de Derek: él era el más joven de una familia de más de doce hijos; amaba el jazz y el arte; y era un hombre callado quien, a pesar de su „rme fe, tenía miedo de morirse a solas. Francine le había asegurado que estaría a su lado hasta el „nal. Y ella estaba esforzándose por honrar su promesa. A pesar de su deseo de permanecer en casa, Derek tuvo que ser transferido a la unidad hospitalaria del hospicio debido a unas complicaciones. Su hermana voló a su lado, y cariñosamente continuó con su diario gorjeo hasta que él tomó su último aliento. Después de la muerte de Derek, llamé a Francine para ofrecerle condolencias y evaluar la necesidad de apoyo para el duelo. Ella me contó todos los detalles de la transición de su hermano: la falta de aire, los momentos de agitación y la ausencia de respuesta. Pero en medio de todo ella le había sostenido la mano y suavemente le había susurrado: «Yo te veo … todavía estoy aquí». Francine seguía siendo Francine, y hablaba con ora- ciones largas y enredadas. Pero ella estaba en paz, dando gracias a Dios por la oportunidad que tuvo de recordarle a su hermano que Dios, quien vigila incluso al gorrión, estaba en verdad vigilando su vida. Ojalá que podamos vivir — y morir — de forma tal, sabiendo que Dios nos vigila. Magdalena I García es capellana de hospicio para Vitas Healthcare en Chicago

Articles in this issue

Archives of this issue

view archives of Presbyterians Today - OCT 2018